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El impacto de la crisis financiera y económica mundial en la salud

Declaración de la Dra Margaret Chan, Directora General de la OMS

Declaración
12 de noviembre de 2008

Afrontamos una grave crisis financiera de dimensiones sin parangón en un mundo que nunca antes había estado tan estrechamente interconectado ni había sido tan interdependiente. Las consecuencias tienen dimensiones mundiales, y la situación es particularmente inestable. La crisis financiera se está transformando rápidamente en crisis económica, y en muchos países amenaza con convertirse en una crisis social.

La crisis llega cuando el compromiso en favor de la salud mundial alcanzaba las más altas cotas nunca logradas. Coincide con el impulso más ambicioso de la historia para disminuir la pobreza y distribuir más uniformemente y de manera más justa los beneficios de la sociedad moderna, incluidos los relacionados con la salud: los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Un esfuerzo precedente para utilizar la salud a modo de vía hacia el desarrollo económico, lanzado en 1978, fue seguido casi de inmediato por una crisis de combustibles, la multiplicación del precio petróleo y la crisis de la deuda a principios de los años 1980. En la respuesta internacional que se dio a esas crisis se cometió el error de disminuir las inversiones en los sectores sociales, muy particularmente en la salud y la educación. Muchos países aún sufren las consecuencias de esas equivocaciones.

No conocemos con claridad lo que la actual crisis financieras acarreará a los países de ingresos bajos y economías emergentes, pero abundan las predicciones muy pesimistas. Ante la perspectiva de una recesión mundial, las presiones fiscales de los países ricos podrían recortar la asistencia oficial para el desarrollo. Peor aún es la posibilidad de una reducción de los gastos sociales (en salud, educación y protección social) que muchos países, en especial los de bajos ingresos, pueden verse obligados a llevar a cabo. En el pasado se dieron esas dos respuestas, y ambas podrían ser ahora tan devastadoras para la salud, el desarrollo, la seguridad y la prosperidad como lo fueron en el pasado.

Por consiguiente, es importantísimo que aprendamos de errores anteriores y afrontemos la mala coyuntura económica aumentando las inversiones a favor de la salud y del sector social. Varias razones poderosas avalan esa línea de actuación.

Primero, proteger a los pobres. El aumento de los precios de los alimentos y los combustibles, junto con la inseguridad en el empleo, se cuentan entre los factores que aumentan las inequidades en épocas de deterioro económico. En ese contexto, es probable que aumenten espectacularmente los gastos en atención de salud que provocan el empobrecimiento (que en tiempos de bonanza ya hunden en la pobreza a más de 100 millones de personas cada año). Como no puede ser de otro modo, los más vulnerables son quienes más sufren; los pobres, los marginados, los niños, las mujeres, los discapacitados, los mayores, y los afectados por enfermedades crónicas. Se precisan con urgencia redes social de seguridad más robustas que protejan a los más vulnerables de los países ricos y pobres.

Segundo, promover la recuperación económica. Invertir en los sectores sociales es invertir en capital humano. Un capital humano sano es el cimiento de la productividad económica y puede acelerar la recuperación hacia la estabilidad económica.

Tercero, promover la estabilidad social. La distribución equitativa de la atención de salud contribuye decisivamente a la cohesión social, que a su vez supone la mejor protección frente al malestar social, a escala nacional o internacional. Una población sana, productiva y estable siempre es un bien valioso, pero más aún lo es en tiempos de crisis.

Cuarto, generar eficiencia. Los sistemas de prepago con mancomunación de los recursos ofrecen el modo más eficiente de financiar el gasto sanitario. Los pagos directos en el lugar donde se presta el servicio constituyen el modo menos eficiente y más empobrecedor, que ya está hundiendo cada año a millones de personas por debajo de la línea de pobreza. Un compromiso en favor de la cobertura universal no sólo protege a los pobres sino que es el modo más asequible y eficiente de utilizar los recursos cuando escasean.

Quinto, crear seguridad. Un mundo fuertemente desequilibrado en materia de salud no es estable ni seguro. Disponer de sistemas de salud robustos es esencial para mantener la capacidad de vigilancia y respuesta frente a las amenazas de carácter pandémico. La escasez de inversiones en los sistemas de salud del África subsahariana en los años 1980 provocaron una trágica falta de preparación ante la pandemia de VIH/SIDA durante el decenio siguiente.

No hemos de repetir los errores cometidos en el pasado. En estos tiempos de crisis no podemos permitirnos desaprovechar las inversiones, abandonar el impulso hacia un mayor equilibrio mundial, que, estoy firmemente persuadida de ello, es un marcador de la sociedad civilizada. Exhorto a todos los gobiernos y dirigentes mundiales a que mantengan los esfuerzos que venían desplegando para reforzar y mejorar el desempeño de sus sistemas de salud y proteger la salud de las poblaciones del mundo, en particular la de las más frágiles, frente a la actual crisis financiera y económica.

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