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Muchas gracias, Clare.
Hace 15 años presidí la Comisión Mundial sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo. El informe de la Comisión, «Nuestro futuro común»,
abrió nuevos caminos y situó firmemente a las personas en el centro de
interés del desarrollo.
Es imposible introducir verdaderos cambios en la sociedad si
no se entiende plenamente la dimensión económica de los problemas. Creo
firmemente que ésa es la razón de que el medio ambiente, antes tema de
interés sólo para ecologistas convencidos y marginales, constituya ahora una
cuestión a la que los principales actores de la sociedad dedican una atención
genuina.
Las conclusiones de la Comisión Mundial sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo lograron cambiar el curso del desarrollo únicamente
porque se consiguió hacer llegar esos argumentos a los ministros de finanzas y
a los jefes de Estado. Éstos se comprometieron entonces a tener en cuenta las
consecuencias que las políticas medioambientales tienen para el desarrollo.
He aplicado esa lección a mi labor en el ámbito de la
salud. Cuando asumí el cargo que ahora ocupo en la Organización Mundial de la
Salud, varias de las personas a las que más tarde pedí que participasen en la
Comisión - en particular el Profesor Jeffrey Sachs - habían comenzado ya a
poner en entredicho los antiguos dogmas sobre la salud y el desarrollo.
Durante el decenio de 1980, los economistas veían cada vez
más las inversiones en salud como una especie de aditamento que los países en
desarrollo no podrían permitirse hasta que hubiesen alcanzado un nivel medio de
ingresos. Yo estaba convencida de que no era así: se requería un enfoque de
doble vertiente. La buena salud de la población es tanto un requisito previo
para el crecimiento como una consecuencia de éste.
El presente informe constituye un punto de inflexión, en la
esfera de la salud y en otros aspectos. No se trata simplemente de una nueva
petición de recursos para un sector clave. La Comisión defiende la adopción
de un enfoque integral y mundial del desarrollo sostenible, con objetivos
concretos y plazos específicos.
Las inversiones en salud que se proponen recurren a
intervenciones de eficacia comprobada. Son cuantificables en términos de carga
de morbilidad y de desempeño de los sistemas de salud. Se hace hincapié,
sistemáticamente, en los resultados: el dinero tiene que invertirse donde pueda
ser útil.
Los objetivos de la Declaración del Milenio no se podrán
lograr sin modificar sustancialmente nuestros modos de colaboración. Será
necesario compartir programas y establecer nuevas alianzas y nuevos mecanismos
de financiación y de supervisión, como la Alianza Mundial para Vacunas e
Inmunización y el recién creado Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la
Tuberculosis y el Paludismo.
Sin embargo, el aspecto decisivo es elevar la salud hasta las
más altas instancias políticas. A lo largo de los últimos dos años hemos
constatado en todo el mundo un aumento del compromiso político en favor de la
salud.
Durante dos años consecutivos, los Jefes de Estado africanos
se han comprometido a reducir el paludismo y las infecciones por el VIH en sus
países. Los 20 países más afectados por la tuberculosis han acordado unos
ambiciosos objetivos para reducir las tasas de infección de esa enfermedad
antes de 2005. Este año, los dirigentes del mundo han suscrito una nueva
estrategia para hacer frente al VIH/SIDA.
Los países del G8 han respondido comprometiéndose a ampliar
sus esfuerzos y su asistencia para lograr los objetivos internacionales
relativos al paludismo, la tuberculosis y el VIH/SIDA. Han prestado un vigoroso
apoyo al Fondo Mundial. La Unión Europea ha realizado de nuevo un notable
esfuerzo, y el Gobierno británico ha demostrado un auténtico espíritu de
liderazgo durante los últimos tres o cuatro años. Son signos de cambio muy
esperanzadores.
La Organización Mundial de la Salud colaborará con los
países en la respuesta que éstos den a los compromisos de sus líderes,
adoptando medidas y poniendo en práctica las ideas del informe. En efecto,
estoy persuadida de que el informe ejercerá una profunda influencia en nuestro
modo de plantearnos el trabajo.
Quiero acabar expresando mi gratitud a todos los miembros de
la Comisión por la labor intensa y ejemplar que han realizado durante los
últimos dos años. En particular, quiero dar las gracias a Jeff Sachs, que ha
hecho un esfuerzo casi sobrehumano, coherente y convincente. En el informe se
tiene en cuenta la enorme cantidad de datos proporcionados por los documentos de
los grupos de trabajo y la diversidad de opiniones de los miembros de la
Comisión. ¡Ha sido un proceso ejemplar y emocionante!
Muchas gracias.
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