Directora General

Centrarse en la salud es clave para procurar el bienestar de la humanidad

Dra Margaret Chan
Directora General de la OMS

Alocución pronunciada en la serie de sesiones de alto nivel de 2009 del Consejo Económico y Social
Ginebra, Suiza

6 de julio de 2009

Señora Presidenta, señor Secretario General de las Naciones Unidas, excelencias, distinguidos delegados, señoras y señores:

Nos reunimos en un momento en el que el mundo afronta múltiples crisis en múltiples frentes. En cierto sentido, esto no es nuevo. Inundaciones, sequías, hambruna, guerras, plagas, pestes y altibajos de la economía son compañeros conocidos en el accidentado ciclo de la historia humana.

Las crisis de hoy, sin embargo, son diferentes pues tienen algunas dimensiones sin precedentes. Son reveladoras, de manera ominosa, de lo que significa vivir en un mundo estrechamente interdependiente e interrelacionado.

Revelan ciertas fallas fundamentales de las políticas y los sistemas que rigen la conducta de las naciones y sus poblaciones en las relaciones internacionales. La codicia dio origen a la crisis financiera, que quedó fuera de control al haber fallado la gobernanza empresarial y la gestión de riesgos en todos los niveles del sistema.

El cambio climático es el precio que inevitablemente tendremos que pagar ahora por la cortedad de miras de las políticas aplicadas. Estimular el crecimiento económico del mundo se antepuso a la salvaguarda de la salud ecológica del planeta.

Hoy, esos errores nos exponen a un gran peligro.

Nunca antes los destinos de las naciones estuvieron tan ligados entre sí. Los errores cometidos en una parte del mundo se propagan muy rápido por todo el sistema internacional.

Como nos enseñan los economistas, la crisis financiera no tiene precedentes porque ocurre en un momento en que la interdependencia de las naciones ha aumentado drásticamente. Las consecuencias han sido muy contagiosas, pasando rápidamente de un país a otro, de un sector de la economía a muchos otros.

Como estamos viendo, las consecuencias de las políticas fallidas son también profundamente injustas. Incluso países que manejaron bien su economía y no asumieron riesgos excesivos están sufriendo la recesión económica. Asimismo, los países que menos han contribuido a las emisiones de gases de efecto invernadero serán los primeros y más duramente golpeados por el cambio climático.

Los diferentes sectores de la administración pública también están más ligados que nunca. Ya no hay distinción entre las varias esferas de política. Una política miope en un sector puede tener rápidamente efectos adversos en muchos otros, y sobre todo en la salud.

Hay tendencias mundiales, como la industrialización de la producción de alimentos y la globalización de su comercialización y distribución, que ayudan a alimentar a la humanidad. Estas tendencias, empero, también han contribuido a la crisis de la salud pública.

Me refiero al drástico aumento de las enfermedades crónicas relacionadas con la dieta, especialmente en el mundo en desarrollo. Esta tendencia, a su vez, se ha visto agravada por la crisis financiera y la crisis alimentaria.

Cuando el dinero es escaso, lo primero que desaparece de la dieta suelen ser los alimentos saludables, como frutas y verduras, y las fuentes magras de proteína, que casi siempre son más caros.

Los alimentos elaborados, ricos en grasas y azúcar y pobres en nutrientes esenciales, son el medio más barato de llenar un estómago hambriento. Éste es el tipo de dieta vinculado al aumento de las enfermedades crónicas.

A medida que avanza el siglo es probable que se produzcan más y más crisis de carácter mundial, con causas mundiales y con consecuencias también mundiales con un sesgo injusto en perjuicio de los países y las poblaciones menos preparados para afrontarlas.

Permítaseme señalar una amarga paradoja. Todo esto sucede en un momento en que la comunidad internacional está empeñada en la campaña más ambiciosa de la historia por reducir la pobreza y disminuir las grandes diferencias en los resultados sanitarios.

Nos encontramos en una situación caótica. La crisis financiera ha pegado al mundo una brusca sacudida, y lo ha golpeado donde más duele: en el bolsillo.

La crisis que padecemos no es como un terremoto o una inundación, circunstancias en que algunas partes del mundo que por fortuna no se han visto afectadas pueden generosamente prestar asistencia a los que sufren. Por el contrario, todos los países, ricos y pobres, del Norte y del Sur, se ven afectados. No obstante, se trata de una crisis que golpeará más fuerte y por más largo tiempo a los pobres.

A causa de la crisis financiera, los habitantes de las naciones ricas están perdiendo sus puestos de trabajo, sus viviendas y sus ahorros; y esto es una tragedia.

En los países en desarrollo, van a perder la vida.

El cambio climático es un fenómeno gradual y ya inevitable, pero los efectos de los fenómenos climáticos más frecuentes y más extremos se harán sentir de manera abrupta y pronunciada. Una vez más, aumentará la necesidad de prestar asistencia humanitaria a las víctimas de inundaciones, sequías, tormentas y hambrunas en un momento en que todos los países están agobiados, en mayor o menor medida, por el cambio climático. Dentro de una década, el rendimiento de los cultivos en algunas partes de África se prevé que caiga en un 50%. El 90% de la población pobre de África depende de la agricultura para subsistir. No hay excedentes ni capacidad para afrontar la situación. No hay ningún amortiguador para absorber los impactos.

Alrededor de mil millones de personas ya se encuentran en los límites de la supervivencia; poco les falta para caer al precipicio.

Y ahora, tenemos otra gran calamidad mundial a la que hacer frente. El mes pasado, la Organización Mundial de la Salud anunció el comienzo de la pandemia de gripe de 2009. Una pandemia que por el momento tiene una gravedad moderada en los países ricos, pero que podría tener efectos devastadores en el mundo en desarrollo.

Las diferencias e inequidades que con ahínco todos tratamos de remediar es probable que crezcan aun más.

Las crisis como la crisis alimentaria, la crisis financiera, el cambio climático y la gripe pandémica, acentuarán la miseria y empeorarán la situación sanitaria de aquellos países y aquellas personas que ya son los que más sufren.

En demasiados modelos de desarrollo se dio por sentado que las condiciones de vida y la situación sanitaria de alguna manera mejorarían automáticamente cuando los países se modernizaran, liberalizaran el comercio y experimentaran un rápido crecimiento económico. Pero no sucedió así. Por el contrario, las diferencias entre los países y dentro de ellos, en cuanto a niveles de ingresos, oportunidades y situación sanitaria, son hoy mayores que nunca en la historia reciente.

La globalización no ha resultado ser esa marea alta que pone a flote todas las embarcaciones. En cambio, la riqueza creada se ha propagado en olas que levantan a las embarcaciones mayores pero inundan o hunden a muchas más pequeñas.

Ésta es la enseñanza que expertos y analistas de sectores de mucho más peso que la salud extraen ahora claramente de la crisis financiera. Muchos líderes mundiales ya están haciendo llamamientos a favor de cambios transformacionales de las políticas que rigen el funcionamiento del mundo.

Los sistemas internacionales tienen que reestructurarse para incorporar una dimensión moral. Es necesario transformarlos mediante políticas que respondan a las preocupaciones y los valores de la sociedad.

Para concluir, mencionaré brevemente lo que creo son algunos de los mayores desafíos con que se enfrenta hoy día el desarrollo sanitario.

Primero, tenemos que mantener el impulso actual para el mejoramiento de la salud. Se debe prestar especial atención a los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Sencillamente no podemos permitirnos trastabillar ni aflojar el paso en ningún momento. Estas crisis significan que el precio de un error no hace más que aumentar.

Segundo, el fortalecimiento de los sistemas de salud debe seguir ocupando el primer lugar en la agenda sanitaria mundial. Los sistemas de salud débiles en última instancia socavan la eficacia de nuestros nobles esfuerzos y retrasan la consecución de nuestros ambiciosos objetivos.

Tercero, tenemos que hacer de la justicia, expresada en los valores, principios y planteamientos de la atención primaria de salud, nuestro objetivo global.

Por último, la prevención y el control de las enfermedades crónicas no transmisibles así como el mejoramiento de la salud materna deben tener la máxima prioridad en la agenda de desarrollo.

Ambas empresas son absolutamente viables. Ambas forman parte del programa de fortalecimiento de los sistemas de salud y de revitalización de la atención primaria de salud. Ambas son áreas en las que se dan todas las condiciones para la realización de intervenciones eficaces con un enorme rendimiento. Ambas requieren más atención.

Para finalizar, quiero hacer una observación y una pregunta. En cierto sentido, la Declaración y los Objetivos del Milenio funcionan como una estrategia correctiva. Su finalidad es dar a este mundo plagado de desigualdades, un mayor grado de equilibrio por lo que respecta a las oportunidades, los niveles de ingresos y la salud.

Tienen por finalidad también servir de contrapeso a los sistemas internacionales que generan beneficios aunque carecen de normas que garanticen su justa distribución.

Nos ofrecen una oportunidad única de introducir una mayor justicia en este mundo. Ahora bien, los Objetivos de Desarrollo del Milenio no abordan las causas profundas de las inequidades. Esas causas residen en las políticas erróneas.

Mi pregunta es ésta: ¿Cuándo el mundo se dará cuenta finalmente de lo que la mayoría de nosotros en el ámbito de la salud pública consideramos evidente a todas luces?

Esto es, que el camino más seguro para alcanzar esa dimensión moral de la que tan lamentablemente carecen los sistemas internacionales de gobernanza consiste en considerar la salud como un fin valioso en sí mismo. Ese es el camino más seguro para avanzar hacia un sistema de valores cuyo elemento central sea el bienestar de la humanidad.

Muchas gracias.

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