Directora General

El efecto de las crisis mundiales en la salud: dinero, clima y microbios

Dra Margaret Chan
Directora General de la Organización Mundial de la Salud

Discurso en el vigésimo tercer Foro sobre asuntos de interés mundial
Berlín, Alemania
18 de marzo de 2009

Señoras y señores parlamentarios, miembros de la comunidad científica, representantes de la industria y de la sociedad civil, colegas del sector de la salud pública, señoras y señores:

El mundo se enfrenta a graves dificultades, de las que nosotros somos en gran parte responsables. La crisis financiera y el cambio climático no son meras “anomalías” del sistema de mercado, ni singularidades de la naturaleza. No son acontecimientos inevitables en la sucesión de altibajos del ciclo de la historia humana.

Son indicadores de un gran fracaso de los sistemas internacionales que rigen la interacción entre las naciones y sus poblaciones. Son indicadores de fracaso en una época de interdependencia sin precedentes entre las sociedades, los mercados de capital, las economías y el comercio.

Son, en definitiva, resultado de políticas equivocadas. Somos responsables de esta desastrosa situación, y los errores hoy en día son muy contagiosos.

Según nos dicen los economistas, la crisis financiera no tiene precedentes porque se produce en una época de acusado aumento de la interdependencia. Sus efectos se han desplazado rápidamente de unos países a otros, y de un sector de la economía a otros.

El contagio de nuestros errores no muestra clemencia y afecta también a quienes han jugado limpio. Incluso los países que gestionaron sus economías correctamente, no compraron activos tóxicos, y no asumieron riesgos financieros excesivos sufrirán las consecuencias. Asimismo, los países que menos gases de efecto invernadero han emitido serán los primeros y más gravemente afectados por el cambio climático.

La crisis financiera y el cambio climático no son los únicos indicadores de políticas equivocadas y de fracaso de los sistemas de gobierno. Las diferencias en resultados sanitarios, tanto entre países como dentro de cada país, son mayores ahora que en ningún otro momento de la historia reciente. La diferencia entre la esperanza de vida de los países más ricos y la de los más pobres supera actualmente los 40 años. El gasto público anual en salud varía, a nivel mundial, desde tan solo 20 dólares EE.UU. por persona hasta bastante más de 6000 dólares EE.UU.

La medicina nunca había dispuesto de un arsenal tan avanzado de instrumentos e intervenciones para curar las enfermedades y prolongar la vida. Sin embargo, casi 10 millones de niños de corta edad y mujeres embarazadas mueren prematuramente cada año por causas en gran medida evitables.

Algo ha fallado.

No hemos logrado, entre todos, dotar de una dimensión moral a los sistemas que gobiernan las relaciones internacionales. Los valores y preocupaciones de la sociedad rara vez conforman el funcionamiento de estos sistemas internacionales. Si las empresas, como las del sector farmacéutico, están impulsadas por la necesidad de ser rentables, ¿cómo podemos esperar que inviertan en I+D para curar las enfermedades de los pobres, cuyo poder adquisitivo es nulo?

En demasiados casos, se ha perseguido el crecimiento económico, con ciega determinación, como si fuera el objetivo único y panacea contra todos los males. El crecimiento económico, creían muchos, acabaría con la pobreza y mejoraría la salud. No fue así.

Se aceptó la globalización como la marea creciente que haría flotar todos los barcos. No fue así. Por el contrario, la abundancia ha llegado en forma de olas que impulsan a los barcos grandes, pero inundan o hunden muchos de los barcos más pequeños.

El aumento de la eficiencia de los mercados, se pensaba, mejoraría la igualdad en materia de salud. No fue así.

La liberalización del comercio se presentó como una vía segura hacia la prosperidad para los países en desarrollo. Pero la liberalización del comercio recortó drásticamente los ingresos arancelarios y no aportó otra fuente de financiación de los servicios públicos, como la atención de salud. Esto ha sido un desastre para la salud y la protección social en los numerosos países en los que la mayoría de la mano de obra se concentra en el sector informal y en los que la recaudación fiscal alcanza a un sector pequeño de la población.

El cobro de tarifas a los usuarios de servicios de atención de salud se presentó como una forma de recuperar costos y desalentar el uso excesivo de los servicios de atención de salud y cuidados. No fue así. Por el contrario, el cobro de tarifas castigó a los pobres.

La OMS calcula que, cada año, los costos de la atención de salud empujan a alrededor de 100 millones de personas por debajo del umbral de pobreza, lo cual resulta amargamente irónico en una época en la que la comunidad internacional está comprometida a reducir la pobreza. Resulta todavía más amargo en una época de crisis financiera.

Señoras y señores:

Estamos en el comienzo de la que, según los expertos, podría ser la crisis financiera y recesión económica más grave desde 1929, el año en que comenzó la Gran Depresión.

La semana pasada, el Banco Mundial publicó una evaluación del impacto que está produciendo la crisis en los países en desarrollo. La evaluación fue mucho más pesimista que hace tan sólo dos meses, y predijo que la situación se agravaría. En los países prósperos, la gente está perdiendo sus trabajos, sus hogares y sus ahorros, y esto es trágico. En los países en desarrollo, la gente perderá la vida.

Estamos también inmersos en el impulso más ambicioso de la historia para reducir la pobreza y las grandes desigualdades en resultados sanitarios. Nadie quiere que este impulso se frene.

Sin embargo, entre la necesidad y las buenas intenciones está la realidad. ¿Qué pasa si los enormes rescates financieros hacen saltar la banca? ¿Qué pasa si sencillamente no hay dinero para continuar los programas nacionales de salud o para financiar el desarrollo de la salud en terceros países? A nivel individual, ¿qué pasa si la gente sencillamente no puede permitirse cuidar de su salud?

En cierto sentido, la Declaración del Milenio y sus Objetivos actúan como estrategia correctora: tienen por finalidad garantizar que la globalización es plenamente incluyente y equitativa, y que sus beneficios se reparten de forma más uniforme.

Su finalidad es aportar a este mundo asimétrico un mayor grado de equilibrio, en oportunidades, en niveles de ingresos y en salud. El principio ético subyacente es sencillo: quienes sufren o quienes menos se benefician merecen la ayuda de quienes más se benefician.

En otras palabras, la finalidad de los Objetivos de Desarrollo del Milenio es compensar los efectos de sistemas internacionales que generan progreso y beneficios, pero que no cuentan con normas que garanticen la distribución justa de estas ventajas.

Según refleja claramente el informe del Banco Mundial de la semana pasada, las condiciones financieras a las que se enfrentan los países en desarrollo se han deteriorado de forma acusada, la prestación de servicios sociales fundamentales está en peligro, y habrá consecuencias a largo plazo.

La consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y los beneficios derivados de su estrategia correctora, están ahora en peligro. ¿Qué pasa si la crisis financiera destruye la mejor oportunidad que hemos tenido en la historia de transformar este mundo y aumentar la justicia social?

El mundo necesita desesperadamente una estrategia correctora. Las enormes diferencias actuales, en niveles de ingresos, oportunidades y resultados sanitarios, son precursores de la descomposición social. Un mundo con grandes desequilibrios en materia de salud no es estable ni seguro.

No me malinterpreten: no estoy en contra del libre comercio, ni estoy a favor del proteccionismo; soy plenamente consciente de la estrecha vinculación entre el aumento de la prosperidad económica, a nivel de los hogares y nacional, y la mejora de la salud.

Pero debo afirmar lo siguiente: el mercado no resuelve los problemas sociales.

Las políticas que rigen los sistemas internacionales que nos vinculan a todos tan estrechamente deben mirar más allá de los beneficios financieros, las ventajas para el comercio, y el crecimiento económico sin objetivos ulteriores; deben responder a las preguntas realmente importantes:

¿Qué efecto tienen sobre la pobreza, la miseria, la mala salud y la muerte prematura? ¿Contribuyen a hacer más justa la distribución de los beneficios del progreso socioeconómico? ¿O nos están llevando hacia un mundo cada vez más desequilibrado, especialmente en materia de salud?

Yo opino que el acceso equitativo a la atención de salud y una mayor equidad en los resultados de salud son fundamentales para el buen funcionamiento de la economía. Opino también que los resultados de salud equitativos deberían ser la principal medida de nuestro progreso, como sociedad civilizada.

Este mundo no alcanzará la justicia en materia de salud por sí solo. Las decisiones económicas tomadas en un país no protegerán automáticamente a los pobres ni garantizarán el acceso universal a la atención básica de salud.

La globalización no se autorregulará para favorecer una distribución equitativa de los beneficios. Las empresas no se preocuparán automáticamente de las cuestiones sociales, al tiempo que se ocupan de obtener beneficios. Los acuerdos sobre comercio internacional no garantizarán, por sí solos, la seguridad alimentaria, ni la seguridad en el empleo, ni la seguridad sanitaria, ni el acceso a medicamentos a precios asequibles.

Para alcanzar cualquiera de estos resultados es preciso tomar decisiones políticas deliberadas.

El sector de la salud no intervino en las políticas que condujeron a la crisis financiera o hicieron inevitable el cambio climático, pero será el más afectado por las consecuencias.

Señoras y señores:

El efecto de la crisis financiera en la salud preocupa a países de todo tipo, con independencia de su grado de desarrollo.

Los dirigentes de los países están preocupados por el posible empeoramiento de la salud conforme crece el desempleo, fallan las redes de protección social, se reducen los ahorros y los fondos de pensiones, y disminuye el gasto en salud.

También están preocupados por las enfermedades mentales y la ansiedad, y por un posible aumento del consumo de tabaco, alcohol, y otras sustancias perjudiciales, como ha ocurrido en el pasado.

Están preocupados por la nutrición, y con razón. Los dramáticos cambios recientes en la oferta mundial de alimentos hacen que esta recesión económica sea diferente en términos de amenazas para la salud derivadas de una nutrición deficiente. La producción de alimentos ha alcanzado hoy en día un alto grado de industrialización, y su distribución y comercialización tienen un alcance mundial.

En tiempos difíciles, los alimentos elaborados, con alto contenido de grasas y azúcar y bajo contenido de nutrientes esenciales, se convierten en la forma más barata de llenar un estómago hambriento. Estos alimentos contribuyen a la obesidad y a enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación, y privan a los niños de corta edad de nutrientes esenciales.

Debemos además estar prevenidos contra otras amenazas para la salud: en tiempos de crisis económica, la gente tiende a renunciar a la atención sanitaria privada y a utilizar más los servicios de financiación pública, y esta tendencia se producirá en un momento en el que los sistemas de salud pública de muchos países están ya muy sobrecargados y cuentan con financiación insuficiente.

En muchos países con ingresos bajos, más del 60% del gasto sanitario corresponde a pagos que realizan directamente los usuarios. La recesión económica aumenta el riesgo de que la gente descuide la atención de salud, con el consiguiente perjuicio para la prevención. La reducción de los cuidados preventivos es particularmente preocupante en un momento en el que hay una tendencia mundial de envejeciendo demográfico y aumento de las enfermedades crónicas.

Sabemos también que las mujeres y los niños de corta edad están entre los primeros que se verán afectados por un deterioro de las circunstancias financieras y la disponibilidad de alimentos. Las mujeres son uno de los últimos sectores de la población que se recupera cuando mejora la situación.

Los responsables de la salud están también preocupados por el riesgo de que no puedan mantenerse los niveles actuales de financiación para el desarrollo internacional en materia de salud. La evaluación publicada la semana pasada por el Banco Mundial justifica plenamente estas preocupaciones. Las consecuencias serán nefastas.

Bastantes más de tres millones de personas de países de ingresos bajos y medios reciben ahora tratamiento antirretrovírico contra el VIH/SIDA que prolonga su supervivencia. Se han rejuvenecido sus vidas. Se han revitalizado sus familias y comunidades. El tratamiento es, desde luego, de por vida. ¿Podemos, ética y moralmente, reducir el gasto en este campo?

Las consecuencias nefastas pueden también ser contagiosas. Las interrupciones del suministro de medicamentos, sobre todo de los necesarios para tratar enfermedades como el SIDA, la tuberculosis y la malaria, producen numerosas muertes evitables. Además, estas interrupciones aceleran el desarrollo de resistencia a los medicamentos.

Puede producirse una rápida expansión internacional de formas farmacorresistentes de ciertas enfermedades. Ya mismo estamos siendo testigos de este fenómeno: está aumentando la incidencia de tuberculosis multirresistente y, lo que es más alarmante aún, de tuberculosis extremadamente farmacorresistente. Esta forma de la enfermedad es virtualmente imposible de tratar, y produce tasas de letalidad próximas al 100%.

Si aumenta su propagación internacional podríamos retroceder, en términos de su tratamiento, hasta la época anterior al desarrollo de los antibióticos. ¿Puede el mundo realmente permitirse correr otro riesgo de esta magnitud?

La vigilancia de las enfermedades emergentes contribuye a la seguridad internacional. Si se ponen en peligro las capacidades básicas de vigilancia y de laboratorio, ¿detectarán las autoridades sanitarias el próximo brote de una enfermedad peligrosa como el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS), o descubrirán la emergencia de un virus pandémico a tiempo para advertir al mundo del peligro y mitigar los daños?

Sabemos que la asistencia exterior en materia de salud se ha multiplicado por más de dos desde comienzos del siglo actual. No obstante, alrededor de la mitad de los países del mundo no cuentan con capacidad para financiar siquiera el conjunto más rudimentario de servicios de salud básicos para la supervivencia.

La reducción de la asistencia financiera exterior será realmente demoledora.

En todo el mundo, alrededor de mil millones de personas viven ya al límite de la supervivencia. Bastaría un leve empujón para hacerlos caer al precipicio. Tanto la crisis financiera como el cambio climático podrían producir este efecto.

Señoras y señores:

Las pruebas científicas son abrumadoras: el clima está cambiando; los efectos del cambio ya se están notando.

El calentamiento del planeta será gradual, pero la creciente frecuencia y gravedad de fenómenos climáticos extremos, como tormentas intensas, olas de calor, sequías e inundaciones, tendrá efectos abruptos e intensos. Ambas tendencias pueden afectar a algunos de los determinantes más fundamentales de la salud: el aire, los alimentos y el agua.

Soy plenamente consciente de que me dirijo a un público perteneciente a un país que ha estado a la vanguardia de la protección del medio ambiente, y que ha desarrollado y aplicado avances tecnológicos punteros en este ámbito. A este respecto, quisiera expresar mi profundo respeto personal al Gobierno de Alemania y a sus ciudadanos.

También agradezco a este país su fuerte apoyo en el desarrollo de la salud y del trabajo de la OMS, incluido el apoyo recibido de sus científicos, epidemiólogos, laboratorios y centros de investigación de renombre.

Se han determinado, con un alto grado de certidumbre, varias consecuencias para la salud: aumentará la malnutrición, así como el número de muertes por enfermedades diarreicas; habrá más tormentas e inundaciones que causarán más muertes y lesiones, y habrá brotes más frecuentes de cólera.

Las olas de calor, sobre todo en las grandes ciudades, causarán más muertes, sobre todo de ancianos. Por último, el cambio climático podría alterar la distribución geográfica de vectores de enfermedades, como los insectos transmisores de la malaria y el dengue.

Todos estos problemas de salud son ya enormes, se concentran en gran medida en el mundo en desarrollo, y son difíciles de controlar.

Aunque el cambio climático es, por su propia naturaleza, un fenómeno mundial, sus consecuencias no estarán distribuidas uniformemente: los científicos coinciden en que los países en desarrollo serán los primeros y más gravemente afectados.

Según las previsiones más recientes, África sufrirá efectos graves tan pronto como en 2020. Se prevé que, en algunas partes de África, los rendimientos de las cosechas disminuirán, en un plazo de diez años, en un 50%. Para 2020, hasta 250 millones de africanos podrían verse afectados por la escasez de agua.

Imaginen el impacto en la seguridad alimentaria y la malnutrición. Imaginen el impacto en la ayuda alimentaria. En muchos países africanos, la agricultura es la principal actividad económica del 70% de la población. El 90% de los pobres de África dependen de la agricultura para subsistir. No hay excedentes. No hay capacidad para hacer frente a los tiempos difíciles. No hay colchón para absorber los golpes.

En algunas partes de Asia, las mujeres y las niñas dedican actualmente de seis a nueve horas al día a recoger agua. ¿Cuántas horas deberán dedicar cuando la escasez de agua aumente, como está ocurriendo ya?

También debemos tener en cuenta la repercusión de estos cambios en la comunidad internacional. El aumento del número de catástrofes naturales, inundaciones y hambrunas aumentará la demanda de asistencia humanitaria. Este incremento de la demanda de ayuda se producirá en un momento en el que la mayoría de los países estarán sufriendo ellos mismos los efectos del cambio climático.

La comunidad internacional deberá también hacer frente a un aumento del número de refugiados por motivos medioambientales. Si la tierra se reseca o saliniza, si las zonas litorales y bajas o los pequeños Estados insulares quedan sumergidos, las personas no pueden sencillamente irse a casa. Surgirá así una nueva ola de refugiados medioambientales que posiblemente aumentará las tensiones internacionales.

Cualquier cosa que podamos hacer ahora para reducir las cargas de morbilidad actuales aumentará la capacidad internacional y de los países para hacer frente a las nuevas tensiones derivadas del cambio climático. Este es un excelente motivo adicional para permanecer firmes en nuestro empeño por alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio en materia de salud.

Hasta ahora, el oso polar ha sido el icono del cambio climático. Debemos utilizar todas las estrategias posibles, que sean políticamente aceptables y científicamente correctas, para convencer al mundo de que realmente la especie amenazada por el cambio climático más importante es el ser humano.

¿Puede el sector de la salud poner un rostro humano a los otros problemas que vemos en este caótico mundo? ¿Tiene el sector de la salud capacidad para aportar una dimensión moral, para introducir un sistema de valores en las políticas que rigen nuestros sistemas internacionales?

Desde el puesto que ocupo, afirmo, categóricamente, que sí. Pero mi opinión se basa en motivos sólidos.

Señoras y señores:

Quisiera hablar ahora de una tercera cuestión: las crisis mundiales derivadas de los constantes cambios en el ámbito microbiológico. Esta cuestión es diferente que la de la crisis financiera y el cambio climático.

Es diferente porque en esta cuestión el sector de la salud tiene las riendas. El sector de la salud elabora la política, y aplica la gobernanza por medio del Reglamento Sanitario Internacional. No tenemos que competir contra intereses económicos. De hecho, la situación es la inversa.

Las enfermedades emergentes y epidemiógenas se consideran amenazas para la seguridad internacional precisamente debido al tremendo trastorno económico y social que pueden ocasionar.

En el ámbito de la salud pública, pocas cifras se acercan siquiera a los miles de millones de dólares de los rescates financieros de los que venimos oyendo hablar casi cada semana. Pero, según el cálculo más reciente del Banco Mundial, la siguiente pandemia de gripe podría fácilmente costar a la economía mundial tres billones de dólares.

Según explican los líderes mundiales, la crisis financiera es tan grave e impredecible porque es la primera situación de este tipo que se produce en las condiciones particulares del siglo XXI.

El SRAS, que surgió en 2003, fue la primera enfermedad grave nueva del siglo XXI. Como la crisis financiera, surgió en un momento en que había aumentado drásticamente nuestra interdependencia.

El SRAS fue la primera enfermedad que se propagó rápidamente por todo el mundo siguiendo las rutas del tráfico aéreo internacional. Puso en riesgo a todas las ciudades que tenían aeropuerto internacional. Obligó a cerrar aeropuertos, empresas, escuelas y algunas fronteras. Paralizó economías, y paralizó, de miedo, a la población.

Pero no lo olviden nunca: la respuesta al SRAS fue un intento deliberado por evitar que esta enfermedad nueva arraigara de forma permanente en este mundo; por evitar que engrosara el conjunto de enfermedades mortales formado por el SIDA, la tuberculosis y la malaria.

El SRAS fue una plaga mundial grave a la que se puso freno rápidamente: la OMS y sus asociados lo frenaron, en seco, en sólo cuatro meses.

El sector de la salud estaba preparado: había mecanismos de vigilancia, alerta y respuesta. Gestionamos los riesgos, y esta crisis no se nos fue de las manos.

Desde el comienzo del brote, los principales científicos del mundo dejaron a un lado la competencia y trabajaron juntos, día y noche, en un laboratorio virtual; identificaron el virus en un mes.

Este es el lado más positivo de la globalización. Es un ejemplo de colaboración y solidaridad ante una amenaza común.

Vemos esta misma solidaridad internacional en la campaña para erradicar la poliomielitis, que recibe apoyo humanitario de Rotary International, entre otros organismos, así como de varios gobiernos avanzados, incluido el de Alemania.

La preocupación por la salud puede motivar también comportamientos éticos en la industria, como el recorte drástico por empresas farmacéuticas de los precios de medicamentos contra el SIDA. La preocupación por la salud puede persuadir a la comunidad internacional a alcanzar acuerdos sobre el control de productos perjudiciales, aunque rentables, como el tabaco.

Hay esperanza.

Si es preciso que reconsideremos el funcionamiento de este mundo, y que renovemos algunos de nuestros sistemas internacionales, creo, personalmente, que conviene analizar cuidadosamente la oportunidad de otorgar a la salud una función primordial.

Nuestras políticas se basan en la evidencia científica, no en intereses creados. La capacidad y objetividad del método científico están de nuestro lado. Entre las muchas cualidades del sector de la salud están la preocupación por los intereses de la humanidad, un sólido compromiso moral y sólido conjunto de valores sociales.

Continuemos todos proporcionando a este mundo la esperanza que tanto necesita en un período de graves crisis, y de transformación.

Gracias.

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