Directora General

Contribución de la atención primaria de salud a los Objetivos de Desarrollo del Milenio

Dra Margaret Chan
Directora General
Organización Mundial de la Salud

Alocución de apertura ante la Conferencia Internacional de Salud para el Desarrollo
Buenos Aires, Argentina

16 de agosto de 2007

Honorables ministros de salud y de relaciones externas, distinguidos delegados, señoras y señores:

Ante todo, permítanme dar las gracias al Gobierno de la Argentina y a su Ministerio de Salud por organizar esta Conferencia.

Los temas que se están examinando abarcan algunos de los problemas de salud pública más acuciantes de la actualidad.

¿Cómo podemos utilizar el gran potencial de la salud para impulsar el desarrollo humano, potencial reconocido en los Objetivos de Desarrollo del Milenio?

Es evidente que, si queremos que la mejora de la salud funcione como estrategia para reducir la pobreza, hemos de llegar a los pobres. Y debemos hacerlo con servicios de atención sanitaria adecuados y de gran calidad.

¿Qué papel desempeña en esto la atención primaria de salud?

¿Qué posibilidades tenemos de alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud?

Más concretamente, ¿cómo podemos superar obstáculos tan importantes como son los sistemas de salud deficientes, la escasez de personal sanitario y el problema de la financiación de la atención a grupos empobrecidos de población?

En los últimos tres días han examinado ustedes esos temas, y espero con interés sus conclusiones.

Cuando asumí mi cargo a principios de este año, hice un llamamiento para que se volviera a hacer hincapié en la importancia de la atención primaria de salud como estrategia para fortalecer los sistemas sanitarios.

Las experiencias comunicadas en esta Conferencia y las recomendaciones formuladas en ella serán de gran utilidad para la salud pública de hoy, tanto en los países como en la labor de la OMS.

Además de la pertinencia de los temas tratados, la Conferencia se celebra en un momento muy oportuno.

Estamos prácticamente a mitad de camino en la cuenta regresiva hacia 2015, año muy importante y prometedor para la Declaración del Milenio y sus objetivos.

Esos objetivos constituyen el compromiso más ambicioso que haya contraído la comunidad internacional.

Si se cumplen, la vida y las perspectivas de futuro de las poblaciones empobrecidas mejorarán como nunca antes en la historia de la humanidad.

Si la comunidad internacional alcanza esos objetivos, podremos superar antiguos obstáculos al desarrollo humano que desde hace largo tiempo se creían irremediables: pobreza, ignorancia, enfermedades, entornos insalubres y muerte prematura por causas prevenibles.

Ése es nuestro potencial de cara al futuro; una oportunidad sin precedentes de construir un mundo mejor en el siglo XXI.

Al acercarse el 30º aniversario de otro compromiso histórico, el de la Declaración de Alma-Ata, echemos una mirada retrospectiva.

En ese documento se define la atención primaria de salud como clave para alcanzar un nivel aceptable de salud para todos los habitantes del planeta. Ésa fue la base del movimiento «Salud para Todos».

Además de haber emitido un vehemente llamamiento en favor de la equidad y la justicia social, la iniciativa «Salud para Todos» desencadenó una lucha política en al menos tres frentes.

En primer lugar, se propuso incorporar la salud en el programa político de desarrollo, dar mayor relieve a la salud y aumentar su notoriedad.

En segundo lugar, se procuró ampliar el enfoque de la salud y distanciar éste del modelo puramente médico terapéutico. Se reconoció el poder de la prevención.

También se reconoció que la salud tiene múltiples determinantes, algunos de ellos en ámbitos no sanitarios.

Eso significa que son muchos los sectores del gobierno que han de colaborar y prestar atención a sus repercusiones en la salud.

En aquel momento, los distintos sectores actuaban de forma aislada, fragmentaria, de acuerdo con una jerarquía que, por lo general, situaba a la salud casi al final de la lista.

En el tercer frente, el político, la Declaración de Alma-Ata sostenía que el mejoramiento de la salud de la población y el aumento de la productividad económica y social debían ir acompañados uno del otro y fortalecerse recíprocamente.

Ello significa considerar la salud como algo mucho más importante que un gravoso deber político y un pozo sin fondo, ávido de recursos públicos.

Éstos son algunos de los combates políticos que rodearon a un movimiento emprendido en nombre de la justicia social y en bien de la humanidad.

Señoras y señores:

Permítanme que trate de expresar parte del espíritu de ese movimiento a través de una cita de un discurso pronunciado por uno de mis predecesores, el Dr. Halfdan Mahler, ante la Asamblea Mundial de la Salud en 1979.

Ésa fue la primera Asamblea de la Salud celebrada tras la adopción de la Declaración de Alma-Ata.

El Dr. Mahler dijo:

«Si el ser humano ha sido capaz de llegar a la luna y de explorar planetas, con toda seguridad encontraremos la manera de alcanzar nuestros objetivos.»

Y añadió:

«Ante todo, necesitamos determinación, una voluntad inquebrantable de superar los obstáculos, proceder por ensayo y error y nuevos ensayos, y no ceder al desaliento si progresamos más lentamente de lo que deseamos.»

Como apuntó el Dr. Mahler, los adelantos realizados para mejorar la salud de los pobres y reducir las grandes disparidades existentes en los resultados sanitarios ha sido, de hecho, más lento de lo deseado.

Pero el movimiento Salud para Todos ha allanado el camino para alcanzar los objetivos aún más ambiciosos acordados al principio de este siglo.

Hemos salido victoriosos de los tres combates políticos librados, y esa victoria se concretiza en los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

En primer lugar, los Objetivos sitúan la salud firmemente en el centro del programa de desarrollo.

En segundo lugar, los Objetivos convierten la colaboración intersectorial en una condición indispensable para el éxito. Abordan las causas profundas de la pobreza y tienen en cuenta que éstas están relacionadas entre sí.

En tercer lugar, al convertir la mejora de la salud en una estrategia de reducción de la pobreza, los Objetivos hacen que el sector de la salud pase de ser un mero consumidor de recursos a un generador de beneficios económicos.

En ese sentido, los Objetivos de Desarrollo del Milenio pueden considerarse otro legado del movimiento Salud para Todos y de la Declaración que lo puso en marcha.

La continuidad es evidente. Ambos documentos muestran visión de futuro y establecen objetivos elevados. Ambos apelan a valores humanos fundamentales.

Ambos expresan la convicción de que el mundo debe cambiar y es perfectamente capaz de hacerlo. El cambio es, además, una responsabilidad que comparten todas las naciones.

Los dos documentos ponen en entredicho una concepción de la sociedad en la que predominan el individualismo, la competencia despiadada y la supervivencia del más fuerte.

Ambos se centran en los grupos más desfavorecidos y vulnerables, y tienen por objeto dotar a esas personas de capacidad para sobrevivir y desplegar su potencial humano.

Los dos documentos tratan, sobre todo, de la equidad. No se puede privar injustamente a nadie de la oportunidad de desarrollar su potencial humano, por ejemplo por causas económicas o sociales.

Señoras y señores:

Hemos vuelto al punto de partida. Nos hemos embarcado nuevamente en la urgente misión de alcanzar objetivos ambiciosos dentro de plazos determinados.

Una vez más nos proponemos lograr que haya una atención de salud básica, integral y equitativa.

Y una vez más, volvemos a pronunciar el mismo llamamiento humanitario ineludible: ¿cómo podemos permitirnos moralmente que tantas personas sufran y mueran a causa de enfermedades fácilmente prevenibles o tratables?

Pero hay una diferencia entre la situación de hoy y la de 1978. Partimos de un punto más elevado en una vía trazada con gran esfuerzo en nombre de la salud para todos.

Los que trabajamos en el ámbito de la salud pública tenemos muchas razones para sentirnos optimistas.

Hoy la salud goza del apoyo de un número sin precedentes de asociaciones, fundaciones y organismos que se ocupan de llevar a cabo programas sanitarios en los distintos países.

El sector de la salud cuenta hoy con más agentes que ningún otro.

El número de mecanismos de financiación innovadores sigue aumentando, al igual que lo hacen los recursos que movilizan.

Siempre habrá necesidades no atendidas, pero la salud nunca antes había recibido tanta atención ni gozado de tanta abundancia.

Sin embargo, pese a ese compromiso y ese impulso extraordinarios, seguimos yendo con retraso.

En parte, tratamos de recuperar el terreno perdido, tras años de no haber invertido suficientemente en infraestructuras de salud pública.

Lo que es más importante, nos encontramos con dificultades que han crecido enormemente en complejidad.

El VIH/SIDA no existía en 1978. Desde entonces, muchas enfermedades, entre ellas la tuberculosis y el paludismo, han resurgido de forma impresionante.

La globalización y la urbanización rápida no planificada han generado algunos problemas e intensificado otros.

Están apareciendo nuevas enfermedades a un ritmo sin igual de una por año, como promedio.

En muchos países en desarrollo, la carga de morbilidad está aumentando en un momento en que la salud pública está perdiendo su capacidad de respuesta.

La globalización de los mercados laborales ha contribuido al éxodo en masa de personal sanitario de los países que invirtieron en su formación.

La OMS estima que, solamente para dispensar atención esencial, hacen falta urgentemente cuatro millones de profesionales sanitarios en más de la cuarta parte de los países del mundo.

Las enfermedades crónicas, consideradas durante mucho tiempo algo propio de las sociedades prósperas, se han desplazado. Ahora los países de ingresos medianos y bajos soportan la mayor parte de la carga de morbilidad debida a esas enfermedades.

El aumento de las enfermedades crónicas conlleva una pesada carga adicional para los sistemas sanitarios.

Es más, los costos de la atención sanitaria que precisan esas enfermedades pueden tener efectos catastróficos para familias ya empobrecidas, y sumirlas aún más en la pobreza.

Muchos de los 1300 millones de pobres del mundo siguen sin acceso a intervenciones esenciales debido a la insuficiencia de la financiación de la atención sanitaria.

Todas esas tendencias han dado lugar a disparidades cada vez mayores en los resultados sanitarios.

No es en absoluto seguro que vayamos a alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud.

Señoras y señores:

Nos enfrentamos a un grave dilema. La salud pública cuenta con intervenciones eficaces, estrategias de aplicación de probada eficacia y nuevas fuentes de fondos sustanciales.

El compromiso es mayor que nunca.

Pero las poblaciones subatendidas siguen sin poder contar con una atención sostenible, equitativa e integral que se pueda dispensar a escala suficiente.

Como ya he dicho, si queremos que la mejora de la salud funcione como estrategia de reducción de la pobreza, hemos de llegar a los pobres. Es ahí donde fallamos.

En el último decenio hemos presenciado un aumento enorme del número de asociaciones y de programas para la puesta en marcha de iniciativas en los países.

Esas iniciativas tienen por objeto la obtención de determinados resultados sanitarios, resultados que dependen del buen funcionamiento de los sistemas de salud. Ahora bien, el fortalecimiento de los sistemas sanitarios rara vez es uno de los objetivos fundamentales de esas iniciativas.

He ahí donde ese impulso alentador llega a un punto muerto. Los sistemas de salud no son capaces de prestar servicios a una escala suficiente a quienes más los necesitan.

Y esa no es sólo la opinión de la OMS.

En 2005, el Equipo de Tareas del Proyecto del Milenio publicó un estudio sobre las perspectivas de alcanzar los Objetivos relacionados con la salud maternoinfantil.

«El sistema de salud, que debe lograr que sus servicios estén disponibles, sean accesibles y se utilicen, está en crisis. Únicamente mediante un cambio profundo en la manera en que la comunidad internacional que trabaja en la esfera de la salud y el desarrollo concibe y aborda los sistemas de salud se podrá conseguir lo necesario para alcanzar los Objetivos.»

Miremos la realidad de frente.

El mayor obstáculo para lograr la cobertura universal con medicamentos antirretrovirales contra el VIH/SIDA es la ausencia de sistemas de distribución y la falta de personal.

El número de muertes maternas no descenderá hasta que no haya un mayor número de embarazadas con acceso a los servicios de asistentes de partería especializados y a una atención obstétrica de urgencia.

El número de defunciones infantiles por causas prevenibles no descenderá mientras la asistencia de emergencia no llegue a los recién nacidos y a los niños con infecciones respiratorias agudas.

La reducción de la morbilidad y la mortalidad por paludismo depende de que las intervenciones estén al alcance de los grupos de población de difícil acceso.

Si no hay suficiente personal, el tratamiento bajo observación directa contra la tuberculosis se ve comprometido y esto favorece la aparición de farmacorresistencia, inclusive las formas extremadamente resistentes de la enfermedad.

Señoras y señores:

Cuando pienso en ese dilema, llego a dos conclusiones.

En primer lugar, creo que en el mundo hay un desequilibrio sanitario, posiblemente el mayor de la historia. Nunca antes habíamos contado con semejante arsenal de sofisticadas tecnologías para tratar las enfermedades y prolongar la vida.

Sin embargo, las disparidades entre los resultados sanitarios siguen aumentando. Puede llegar a haber hasta 40 años de diferencia entre la esperanza de vida la población de de los países ricos y la de los países pobres. Eso es inaceptable.

Se estima que cada año mueren en el mundo 10,5 millones de niños menores de cinco años. Al menos el 60% de esas defunciones podría prevenirse aplicando unas pocas medidas de bajo costo. Eso no es justo.

Tampoco es justo que siga habiendo más de un millón de defunciones anuales causadas por una enfermedad tan fácilmente prevenible como el paludismo.

Estoy convencida de que el Dr. Mahler estaría de acuerdo. Un mundo capaz de enviar a un hombre a la luna debe ser capaz de proteger con mosquiteros a un mayor número de niños.

Mi segunda conclusión está directamente relacionada con el tema de esta Conferencia. No creo que podamos alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio si no regresamos a los valores, principios y estrategias de la atención primaria de salud.

Una vez más, volvemos al punto de partida.

Tras varias décadas de experiencia, hemos aprendido que la atención primaria de salud es la mejor vía para alcanzar el acceso universal, la manera óptima de asegurar mejoras sostenibles de los resultados sanitarios y la mejor garantía de un acceso justo a la atención sanitaria.

Dicho esto, quiero felicitar a la OPS y a sus Estados miembros por su compromiso constante con la atención primaria de salud.

Señoras y señores:

Quisiera proponer cuatro principios que pueden orientar nuestra búsqueda de maneras de lograr una atención de salud integral y equitativa y nuestro examen de la contribución de la atención primaria de salud.

En primer lugar, hemos de mantenernos firmes en nuestro compromiso, nuestra determinación y, sobre todo, nuestro sentido de urgencia. Como dijo el Dr. Mahler hace casi 30 años, nuestra determinación ha de ser inquebrantable. No debemos replegarnos.

Hace tan sólo tres semanas, en su primer discurso ante las Naciones Unidas, Gordon Brown, el nuevo Primer Ministro del Reino Unido, pronunció una advertencia semejante acerca del carácter urgente de nuestro cometido.

En ese discurso expresó su consternación ante la falta de progreso hacia la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Como él mismo dijo:

«Es hora de que llamemos a las cosas por su nombre: nos enfrentamos a una emergencia de desarrollo que requiere medidas de urgencia.»

Estoy de acuerdo. En efecto, se trata de una emergencia. Y éste debería ser un momento de trabajo incansable y de noches en vela para todos los que desempeñamos funciones rectoras en el campo de la salud.

En segundo lugar, debemos pedir cuentas a nuestros políticos de las promesas que formulan, ya sea ante los electores o en las cumbres internacionales. Las promesas no deben romperse.

En tercer lugar, si queremos que los políticos hagan las promesas adecuadas y las mantengan, debemos presentar datos fidedignos y comprobados. Los datos científicos dan a la salud argumentos convincentes a nivel político.

La atención primaria de salud no es una baratija. No es una ganga que permite a los gobiernos cumplir con su deber de proteger a todos los ciudadanos de los riesgos y peligros sanitarios.

Necesitamos perfeccionar nuestro acervo de datos probatorios sobre costos y beneficios, prácticas óptimas, intervenciones de máxima eficacia en situaciones concretas y efectos de esas intervenciones en los resultados sanitarios.

Necesitamos pruebas de los programas y de los progresos realizados. Como ya he dicho, lo que se mide se hace.

Por ultimo, no subestimemos el poder del ingenio humano. Éste va estrechamente unido a la resuelta determinación de alcanzar un objetivo.

Por ejemplo, la determinación de alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio ha estimulado la creación de mecanismos de financiación innovadores.

El año pasado asistimos a la creación de UNITAID, un mecanismo de compra de medicamentos que recauda ingresos de un impuesto sobre los billetes de avión.

También hemos presenciado la creación del mecanismo internacional de financiación para sufragar programas de inmunización. Recurriendo a este mecanismo inspirado en métodos de los mercados financieros, se concentrará al comienzo del periodo un desembolso de US$ 4000 millones para financiar la vacunación de 500 millones de niños de aquí a 2015.

Insisto, podemos hacer cosas magníficas a gran escala.

Quisiera terminar diciendo que, cuando hablamos de atención primaria de salud, también hemos de reconocer la gran inventiva de las comunidades.

La naturaleza humana comparte ciertas características que transcienden las diferencias de lugar, raza, religión y cultura.

La compasión ante el sufrimiento, acompañada de un deseo de ayudar, constituye un rasgo común. Otro es el de aspirar a una vida mejor.

Una y otra vez vemos que, al dar a las comunidades las oportunidades que anhelan y ofrecerles programas que ellas puedan hacer suyos, se las habilita para hacer realidad sus aspiraciones.

Si se les tiende una mano, pueden salir efectivamente ellas mismas de la pobreza y mejorar la propia salud.

Lo vemos en los programas de microcrédito para las mujeres. Lo vemos en los programas en los cuales las comunidades se hacen cargo de la detección de enfermedades y la distribución de medicamentos, que dan lugar a mejoras rápidas y duraderas de la salud.

Señoras y señores:

Como se expresa en la Declaración del Milenio, esto forma parte de nuestra común humanidad. Son nuestros rasgos comunes: compasión, inspiración, aspiración y gran ingenio.

Nuestra común humanidad es una buena razón para que esto nos importe. Por eso debemos actuar sin demora ante una emergencia. Y por eso también tenemos tanto que ganar en nombre de la justicia social.

Muchas gracias.

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