Tuberculosis: una enfermedad de largo recorrido. Entrevista con Brigitte Gicquel
La profesora Brigitte Gicquel es la jefa de la unidad de genética micobacteriana del Instituto Pasteur de París, en Francia. En 1973, al acabar sus estudios universitarios y doctorales en la Universidad de París VII, ingresó en el Instituto Pasteur y desde entonces ha consagrado gran parte de su carrera científica a la genética del Mycobacterium tuberculosis. Gicquel coordinó tanto los esfuerzos que la Comisión Europea destinó a hallar una vacuna contra la tuberculosis más eficaz que la del bacilo Calmette-Guérin (BCG) como su proyecto sobre ética relativa a la tuberculosis. Fue redactora jefe de la revista científica Tuberculosis; en 2004 fue nombrada “Chevalier” de la Legión de Honor, la condecoración más distinguida de Francia; y, el Día Mundial de la Tuberculosis de 2008 fue galardonada con el premio Georges, Jacques et Elias Canetti por su labor investigadora.
La tuberculosis es una enfermedad que ha vuelto a la situación inicial. En el decenio de 1950, como muestra la imagen de la portada, una revolución terapéutica restó de forma prematura la importancia de la enfermedad para la salud pública. El Bulletin habló con Brigitte Gicquel sobre por qué desde esa época la enfermedad ha resurgido y la farmacorresistencia ha aumentado a escala mundial, y qué nos deparará el futuro en cuanto al control de la enfermedad.
P: Este año el Instituto Pasteur cumple 120 años. ¿En qué medida su historia inspira y afecta a su labor actual?
R: Hay gran cantidad de hallazgos históricos importantes para mi trabajo. El descubrimiento original de Louis Pasteur de que las enfermedades y los microbios no aparecen de forma espontánea permitió desarrollar todo el campo de las enfermedades infecciones. Desde entonces, hemos presenciado el desarrollo de la biología molecular, el trabajo sobre la expresión de los genes y los estudios sobre las propiedades enzimáticas de las proteínas. Cuando yo comencé a trabajar en el Instituto Pasteur en 1973, las enfermedades infecciosas y la biología molecular eran dos mundos bastante separados. En 1986, decidí aplicar el trabajo que había realizado sobre las interacciones entre el ADN y las proteínas a la investigación de una enfermedad que no estaba muy bien estudiada: la tuberculosis. Comenzamos un grupo reducido de la unidad bajo la dirección de Julian Davies y, en 1994, ese grupo se convirtió en la Unidad de Genética Micobacteriana.
P: ¿Cómo afectan los progresos científicos a los objetivos en materia de salud pública? ¿En qué se centran sus investigaciones actuales?
R: Esto puede verse desde diversos puntos de vista, dependiendo de la ciencia en cuestión.
El desarrollo de nuevos fármacos contra la tuberculosis, en particular de los que podrían acortar el tratamiento actual de seis meses, podría permitirnos ser más ambiciosos respecto a nuestros objetivos y plantearnos incluso la posibilidad de tratar al 100% de los pacientes.
En relación con esto, los avances de los últimos 20 años en el diagnóstico de la tuberculosis no sólo nos ayudan a diagnosticar los casos con mayor rapidez, sino que además nos proporcionan pruebas de susceptibilidad a los fármacos. Eso permite a los trabajadores de salud emplear antibióticos específicos contra las cepas concretas de tuberculosis que son resistentes a determinados medicamentos.
Nuestro propio laboratorio está trabajando en sondas moleculares que pueden identificar el bacilo tuberculoso concreto que causa la infección. Eso permite conocer el grado de contagiosidad del paciente y los fármacos con que conviene tratarlo. Las sondas están empleándose cada vez más en países que hasta hace poco diagnosticaban la tuberculosis sólo mediante microscopio.
También estamos trabajando en colaboración con el equipo de Carlos Martín en Zaragoza (España), para desarrollar una nueva vacuna que sustituya a la BCG (que también fue desarrollada en el Instituto Pasteur). La nueva vacuna es más segura y, según revelan los ensayos en animales, más eficaz que la BCG.
Por último, la epidemiología molecular nos ha permitido determinar los marcadores genéticos que distinguen a las diferentes cepas de tuberculosis. Gracias a eso, podemos identificar brotes específicos ―en particular, formas resistentes a los fármacos―, localizar a los individuos infectados y ofrecerles tratamiento gratuito supervisado. Este método ha sido empleado ya en Nueva York y otras grandes ciudades.
P: El Instituto Pasteur es una de las instituciones médicas más destacadas del mundo. ¿Puede hablarnos de los centros que tiene en los países en desarrollo? ¿Son todos ellos francófonos?
R: Los institutos que pertenecen a la red internacional del Instituto Pasteur concentran sus esfuerzos en los problemas de salud pública de sus propios países. Para ello, es crucial que sus laboratorios estén en contacto permanente con científicos de países industrializados. Los científicos, por su parte, intercambian información con trabajadores de salud de primera línea y permanecen al corriente de los problemas reales que existen sobre el terreno y del modo en que están aplicándose los medios disponibles.
La red, en efecto, empezó siendo francófona por el vínculo con las antiguas colonias francesas, pero en la actualidad hay institutos Pasteur en países como Camboya, China, República de Corea y Uruguay, y los centros se comunican en varios idiomas, no sólo en francés.
P: En Francia ha surgido una gran polémica sobre el predominio del inglés en el campo de la ciencia. ¿Deberían producirse más textos y estudios científicos en francés?
R: En la ciencia, el inglés es el idioma predominante. Si intentamos fomentar el uso del francés en detrimento del inglés podemos obstaculizar el acceso de la población a la información y a los hallazgos más recientes. El objetivo principal es comunicarse, sea cual sea el idioma.
P: Se calcula que anualmente mueren a causa de la tuberculosis dos millones de personas, en particular personas afectadas por el VIH/SIDA. Siendo así, ¿por qué resulta tan difícil atraer el interés hacia la investigación en un campo como el de la tuberculosis que constituye la causa de gran parte de la morbilidad mundial?
R: En primer lugar, trabajar con el Mycobacterium tuberculosis resulta difícil. El bacilo crece muy despacio. A un genetista que trabaja con el mycobacterium puede llevarle hasta dos años completar un experimento, mientras que para una enfermedad como el cólera, por ejemplo, tardaría tres semanas. De forma que a la hora de publicar, hay que presentar los estudios por fases, cosa que no resulta muy atractiva para las revistas de prestigio, y eso hace que como campo de investigación pierda interés para los jóvenes científicos ambiciosos.
Los costos también son más elevados, no sólo por el tiempo que se requiere, sino por la rigurosidad exigida en las condiciones de contención para evitar un brote accidental de la enfermedad. Como el rendimiento económico es menor, la industria invierte menos.
P: El Mycobacterium tuberculosis está volviéndose resistente cada vez a más fármacos, los procedimientos diagnósticos de bajo costo dejan mucho que desear y la eficacia de la vacuna BCG, que tiene 80 años, es irregular. ¿Por qué se ha tardado tanto en actualizar las medidas de control y adónde nos dirigimos a partir de ahora?
R: Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, acababan de desarrollarse los antibióticos y se pensaba que con ellos resolveríamos todos los problemas y mataríamos a cualquier microbio. En el caso de muchas bacterias, eso era cierto. Pero tras la revolución de los antibióticos, llegó la revolución de la resistencia microbiana a los antibióticos. En los últimos años, la comunidad científica ha aportado nuevos datos a partir del estudio de la genética de M. tuberculosis, pero la [excesiva] confianza en los antibióticos ha retrasado 20 años las investigaciones.
El aumento de la farmacorresistencia indicó que los científicos y los responsables de la salud pública no pueden actuar de forma independiente. La situación política y socioeconómica constituye un obstáculo. Muchas de las personas que necesitan acceder a un mejor control de la tuberculosis se encuentran en países que carecen de estabilidad política, recursos e infraestructuras. Cuando el sistema político y las infraestructuras se desplomaron en la antigua Unión Soviética, por ejemplo, apareció un nuevo sistema político pero no un nuevo sistema de salud. Eso llevó a una distribución irregular de los medicamentos y a que los pacientes no dispusieran de suministro para terminar su tratamiento, lo que contribuyó a su vez a aumentar la resistencia a los fármacos.
P: La OMS declaró la tuberculosis una emergencia mundial en 1993, hace 15 años. ¿Se ha avanzado desde entonces en materia de control de la tuberculosis o las cosas están empeorando?
R: La situación ha ido mejorando desde 2003. Tras un aumento inicial de los casos, hemos alcanzado una situación de estabilidad e incluso un pequeño descenso. Los datos no son buenos, pero podrían ser peores.
Ha habido importantes avances y cada vez se invierte más dinero, pero gran parte de él se destina a la investigación específica de la tuberculosis. Muchos avances científicos proceden de fuera de ese campo. Por ejemplo, el descubrimiento de las enzimas de restricción, que cortan el ADN en pequeños fragmentos, fue realizado por Werner Arber y otros colegas que estaban estudiando los sistemas inmunitarios de las bacterias, pero su labor acabó teniendo grandes repercusiones en la biotecnología. Necesitamos más investigaciones básicas para adquirir conocimientos sobre el bacilo de la TB y sus interacciones con su huésped. Si se invierte sólo en la investigación con objetivos específicos como nuevos antibióticos, vacunas o métodos de diagnóstico, gran parte del dinero caerá en saco roto. ■